01 junio 2012

¿Por qué, Connie, por qué?, o El canasto de los calzoncillos

Alejandro Luque

Lo más cerca que he estado nunca del suicidio fue aquella noche en que, creyéndome poseído por un agudo mal de amores, me bebí a morro una botella de ron, escuché 15 o 16 veces seguidas un disco de Andi Deris y me leí casi sin respirar 300 páginas de Il mestiere di vivere. Si aquello no me mataba, debí de pensar, me haría más fuerte.

No había vuelto desde entonces al que tal vez sea uno de los diarios más tristes y atormentados de la literatura de todos los tiempos. Ahora regreso a aquellas páginas que llené de subrayados, anotaciones, flechas y exclamaciones en los márgenes, donde diez años atrás creí estar leyendo mi propia miseria personal, y dudo si invitar al lector a compartir ese feroz descenso a los infiernos.

Lo primero que debo advertir es la suprema impudicia que supone el abordaje de este libro. Publicado en 1952, El oficio de vivir fue hallado entre los papeles de Cesare Pavese tras la muerte del escritor, ocurrida dos años atrás. Natalia Ginzburg e Italo Calvino se ocuparon del cuidado de la edición, labor que incluía la censura de pasajes demasiado íntimos –ignoramos dónde estaba el baremo, que suponemos alto– y las alusiones a personas vivas que pudieran quedar comprometidas. ¿Había Pavese escrito y titulado sus diarios pensando en esta trascendencia póstuma? ¿Se trataba de un desahogo de consumo privado, o sabía, como todos, que siempre hay un Max Brod dispuesto a salvar un cuaderno del fuego?

Sea como fuere, lo que se pone en manos del público es la voz más personal, más desnuda y desinhibida que quepa imaginar. Y ello implica no sólo certificar la prosa magistral del piamontés –para eso ya tenemos La playa o El bello verano–, sino también asomarse a sus humanas debilidades, mirar bajo el felpudo, husmear en la cesta de los calzoncillos. Junto a sagaces observaciones sobre literatura y lengua italiana –hay que repetirlo: qué gran lector fue Pavese– lo que encontramos es a un hombre clínicamente incapaz de ser feliz, por la sencilla razón de que no puede tener relaciones sanas y armónicas con las mujeres.

Como bien indica el traductor Ángel Crespo en el prólogo de la mejor versión española (Seix Barral, 1992), uno de los ejes alrededor del cual giran estos diarios es “la supuesta impotencia de Pavese, no precisamente fisiológica, sino temida como incapacidad de hacer sentirse satisfecha a ninguna mujer”. O, dicho, de otra manera, un desajuste profundo, una incapacidad manifiesta para pactar y alcanzar la deseable complicidad con el mal llamado sexo débil, un permanente espíritu de confrontación que una y otra vez lo humilla, lo zarandea y lo arroja a los acantilados de la desesperación.

Si logramos –lo cual no es fácil– dejar de lado los juicios morales, coincidiremos en que, como obra literaria, Il mestiere es portentoso. Su pulso sostenido, su abundancia de felices hallazgos aforísticos y su poderosa sensación de verdad bastan para arrebatarnos. En pocos libros como éste encontraremos ideas tan afortunadas sobre las angustias del creador (“Hacer poesías es como hacer el amor: nunca se sabrá si el propio gozo es compartido”), los secretos de la inspiración o el siempre inquietante paso del tiempo (“Hay algo más triste que envejecer, y es continuar siendo un niño”). Pero también queda al descubierto el hombre desengañado (“El amor es la más barata de las religiones”), cuando no el misógino recalcitrante (“De cada cien, noventa y nueve son puercas…”).

El ensayista Pavese, por ejemplo el de La literatura norteamericana, es un dechado de intuición y lucidez. El poeta de Trabajar cansa o Vendrá la muerte y tendrá tus ojos es un amo de la difícil sencillez, que nombra el misterio y toca en lo más hondo de la condición humana. El diarista Pavese también sobrecoge y perturba, pero no desde la grandeza de las mencionadas faenas, sino desde la degradación y el patetismo. Su romance, si puede llamarse así a aquella obsesión torturada, con la actriz norteamericana Constante Dowling, le llevó a escribir el 27 de abril de 1950: “Nada. Tengo carbón en el cuerpo, brasas bajo las cenizas. ¿Por qué, Connie, por qué?”. Exactamente cuatro meses más tarde, se suicidaba con una sobredosis de somníferos –y no de un pistoletazo, como tanto había soñado– en el hotel Roma de Turín, después de despedirse por escrito de la literatura, es decir, de la vida: “Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”.

El año pasado, cuando hablamos en Estado Crítico de nuestros libros preferidos, afirmé que un libro imprescindible, fundamental, es aquel que te cambia la manera de ver el mundo, el que corrige tu pensamiento sin que sea posible, en adelante, dar marcha atrás. A veces, estos libros muestran un camino que hasta entonces parecía vedado a tus ojos. Otros te enseñan cuál es el camino que no hay que tomar. Il mestiere pertenece, para mí, a los segundos. Tal vez nadie esté a salvo de arder en la llama devastadora de los celos, de pensar que el sufrimiento es un marchamo de calidad para las relaciones humanas, o de confundir el amor con la posesión o la mendicidad. Pero los padecimientos de Pavese, contados además desde altura literaria muy cercana a la genialidad, deberían servirnos de algo. Eso pensé a la mañana siguiente, en medio de una resaca atroz, con un libro emborronado tirado por el suelo y una canción de Andi Deris girando en mi cabeza: “Life is what I'm bringing/ Pain is what I'm killing…”      

31 mayo 2012

La aventura de un libro de cuentos

José María Moraga

De entre la riquísima literatura italiana sobresale un nombre en el capítulo dedicado al siglo XX. Con permiso de Pavese, Pirandello, Croce, la figura italiana del pasado siglo que considero más universal es la de Italo Calvino (1923-1985). Calvino dejó al menos media docena de obras canónicas, relatos, novelas, ensayos. Ahí quedan la trilogía de Nuestros Antepasados (1952, 1957, 1959), sus Seis propuestas para un nuevo milenio (1985) o la alucinante Las ciudades invisibles (1972). Pero como se trata de hacer una reseña “especial”, ligada a la vida de uno, he optado por hablar aquí de Los amores difíciles, volumen de relatos aparecido en 1970.

Existe una razón poderosa por la que esta obra supera en currículum a otras de Calvino: es el único libro que poseo en italiano (además de en traducción, naturalmente).  Lo compré en Palermo hará cuatro veranos, y para entonces ya hacía tiempo que se había convertido en un clásico personal. Gli amori difficili, uno de los libros que más he comentado, recomendado y regalado, uno de esos a los que hay que volver una y otra vez para refugiarse, como los buenos bares. Aunque debo admitir que no es un libro para mí formativo, llegué a él en la edad adulta, con la carrera terminada, gracias a una novia de entonces que me lo prestó para explicarme ciertas cosas. Para contarme, por ejemplo, cómo el profesor de un taller de creación literaria se lo había regalado con la intención –poco o nada disimulada- de conquistarla (a día de hoy, este profe es un mediático escritor de éxito, cuyo nombre la prudencia aconseja velar).
La principal razón del préstamo, empero, fue que mi ex novia quiso ilustrarme acerca de lo que ella consideraba excelentes relatos, y a fe que todos los que componen Los amores difíciles no hay duda de que lo son. El libro tiene dos partes bien diferenciadas: “Los amores difíciles” y “La vida difícil”, lo que obedece a que en realidad el volumen recopila cuentos aparecidos con anterioridad entre 1949 y 1967, que aquí son agrupados temáticamente (algunos previo cambio de título, si no recuerdo mal).
La primera parte, “Los amores difíciles”, consta de trece relatos todos ellos titulados “La aventura de…”, en los que se narran historias de amor truncadas, fallidas, no natas: amores difíciles. Así, encontramos “La aventura de una bañista” que pierde la parte de arriba del bikini en el mar, “La ventura de un matrimonio” que apenas se ven debido a la incompatibilidad de sus horarios, o “La aventura de un fotógrafo” obsesionado por capturar el mundo con su cámara, que acabará haciendo fotos de las fotos de las fotos. Otras dos piezas merecen una detallada atención, la esquemática “La aventura de un automovilista”, en que alguien al volante se convierte en una gráfica de la noche y la incertidumbre, y “La aventura de un viajero”.
“La aventura de un viajero” tal vez sea mi relato favorito de todos los tiempos (ahora que no nos escuchan Borges, Carver ni Cortázar), pues condensa en unas pocas páginas toda la experiencia de un hombre que viaja en tren para encontrarse con su amante. El cuento ilustra a la perfección la máxima de “Cuidado con lo que deseas…” y describe cómo lo mejor de una expedición amatoria puede ser (a menudo es) el viaje en sí: el trayecto, por la anticipación y el goce retardado que supone. Antes de ir a mojar, el viajero tiene ante sí un romance perfecto, un talonario de posibilidades todavía en blanco que solo la presencia real del ser amado de carne y hueso alcanzará a estropear. Vale la pena detenerse en los múltiples rituales de que se envuelve el viajero, una liturgia de la pre-pasión , y sirva este perfecto relato como epítome de la maestría cuentística de Calvino.
Para cuando aparecieron estos Amores difíciles, Calvino ya había militado en el Partido Comunista Italiano (y se había quitado), ya era un veterano de la editorial Einaudi y quedaban bastante lejos los años del neorrealismo en lo cinematográfico. Si bien todavía era la edad de oro de la ‘Commedia all’italiana’, y es que las piezas de Los amores difíciles en ocasiones recuerdan a pelis de Dino Risi, sin olvidar que en 1962 Nino Manfredi llevó a la pantalla “La aventura de un soldado”. Los relatos de la segunda parte del libro, “La vida difícil”, -más largos y menos deslumbrantes a primera vista aunque no por ello necesariamente inferiores-  son plasmación fehaciente de la faceta de Calvino como escritor comprometido (algo tan en boga en estos tiempos de crisis feroces).
En “La nube de smog”, auténtica novela corta de 1958, se traza un panorama de desolación y desidia: es esa mierda que se pega a todo, el humo, la pringue, la grisura… Es esa parálisis del Dublín joyceano acaso aquí como enfermedad moral de la convulsa Italia de posguerra.  “Las hormigas” es otra fábula kafkiana, también con fuerte carga simbólica de corte social. Una costa invadida paulatinamente por estos insectos de los que resulta imposible desembarazarse. La extensión del texto, con pasajes bastante realistas aunque imaginativos, recompensa al lector con uno de los finales más brillantes que recuerdo: una “catarsis provisional” (el autor ‘dixit’) que cierra el relato sin cerrarlo, en un ejercicio magistral de ‘opera aperta’. ¿Metáforas extendidas de una sociedad en vías de podredumbre? Calvino no era precisamente burdo, pero es innegable que la tentación existe de leer estos dos relatos más sociales en clave de denuncia.
Confieso aquí sin ambages que, sin caer en simplificaciones, me considero mucho más cercano al polo de la Torre de Marfil (el Arte por el Arte, el Parnasianismo…) que a la figura del autor comprometido. Esto  –que me cuesta no pocos disgustos en los tiempos que corren- no está reñido con el hecho de que muchos de mis autores preferidos fueran comunistas rancios de los de carnet en la boca (Neruda, Alberti, Calvino, Miguel Hernández). Si bien es cierto que a excepción del clímax final de “La hormiga argentina” casi todos los momentos más memorables de Los amores difíciles los saco de su primera parte, no es posible sino quitarse el sombrero ante una obra que aúna imaginación y preocupación por el estado de las cosas, un libro de cuentos que se ha convertido en uno de mis volúmenes de cabecera. Ante un genio de la talla de Italo Calvino, fabulador,  agitador de conciencias, creador de realidades con la palabra, la única actitud posible es la admiración. O parafraseando a aquel asesor de Bill Clinton: “¡Es la Literatura, imbécil!”

30 mayo 2012

Invitación a las bodas

Jesús Cotta

Yo siempre he sentido fascinación por Italia, no solo porque mis ancestros son napolitanos, sino porque soy español y ser español, tal como yo lo entiendo, tiene mucho que ver con ser italiano. Son muchos los españoles fascinados por lo italiano. Sin ir más lejos, ¡lo que ligaron los españoles de los tercios en Italia! ¡La de besos y abrazos que esparció por allí nuestro Francisco de Aldana, poeta y guerrero! Algo debe tener Italia que aquí nos falta. Y, para no hablar en nombre de los demás, voy a intentar poner en pie qué hay allí que yo quisiera también aquí, aunque no me importa que esté solo allí, porque allí también está mi patria.

Para empezar, sobre Italia no pesa una Leyenda Negra como sobre España, sino una leyenda de oro. Mientras que los españoles, que en eso somos bastante tontos, se avergüenzan de la Conquista y la Reconquista, los italianos se enorgullecen del Imperio Romano. Italia surgió como país mucho más tarde que España, pero no se cuestiona a sí misma. Los tópicos que pesan sobre ella son mucho más llevaderos que los que pesan sobre nosotros: mientras que de los italianos se dice que son elegantes, galantes, románticos y que tienen estilo, de los españoles se dice que son solo apasionados, atrasados y machistas. Penélope Cruz no puede competir con Monica Bellucci. Mientras que la comida italiana se vende por sí sola, la española, a pesar de lo rica y variada que es, no logra mostrarse en el mundo más que como una hermana pobre de la francesa. Allí tienen al papa y aquí solo al rey. Allí tienen la mafia y aquí solo las Tres Mil Viviendas. Incluso en cuestión de dictadores, Mussolini cae menos gordo que Franco. Y conste que no me anima ningún afán antiespañol; es que más bien yo siento a Italia como parte de España o bien a España como parte de Italia. Mi patriotismo llega desde Lisboa a Atenas, con parada especial en Roma. Si gana Italia, gana España. Así lo veo yo. Y seguramente podría hacer comparaciones donde lo español quede mejor que lo italiano, pero entonces me tacharían de nacionalista y no tengo ganas.

Y ahora a lo que iba. Roberto Calasso es para mí un escritor elegante y fino donde los haya. Más intuitivo que intelectual, más poético que filosófico, llega, no obstante, a la cabeza con la misma fuerza que al corazón. Las bodas de Cadmo y Harmonía me deslumbraron. No es un tema italiano, pero lo ha cubierto de oro y de luz un italiano. Yo soy un enamorado de la mitología griega y nunca he visto un libro que trate ese tema con tanta vida como el de Calasso. Tratados por él, los protagonistas de los mitos dejan de ser nombres bonitos y, si uno cierra los párpados, se convierten en cuerpos reales que sacrifican un toro o arrojan una corona de flores al firmamento o incluso se acuestan contigo en un sembrado. Los mitos son esas cosas que no han tenido lugar, pero siempre han sucedido y en ese libro están siempre sucediendo.

El libro arranca con el rapto de Europa y termina con las bodas de Cadmo y Harmonía, que fue la última ocasión en que los dioses se sentaron a festejar un acontecimiento con los mortales. Calasso es estupendo explicando cómo se suceden las generaciones de hombres, qué héroe es anterior a quién y por qué pasó una cosa antes que otra y así la mitología deja de ser un batiburrillo de historias pintorescas sin ton ni son y se convierte en una saga de grandes figuras individuales donde cada personaje brilla por sí mismo y en su lugar y en su momento.

La mitología es en este libro la dorada época de la infancia humana, cuando los hombres inauguraban todas las cosas y cuando en todas las cosas alentaban una fuerza y un significado que solo a través del mito podemos desentrañar. No cae Calasso en la tentación de psicoanalizar a Hércules o a Helena. Él solo los alumbra con su inteligencia y su sensibilidad. Con retazos breves y variados, Calasso nos brinda el cuadro más vívido y, a la vez, simbólico, de la mitología griega. La desempolva y convierte el dato erudito en poesía y acción. Para los que quieran poetizar esos conocimientos librescos que se almacenan en la memoria, Calasso será su Virgilio.

Otro mérito suyo es que a personajes secundarios cuyo nombre solo conocen los expertos y eruditos les saca el máximo partido y dota a su acción de simbolismo, gracia y vitalismo y significado. Por todo eso tenía yo la sensación, mientras lo leía, de encontrarme en medio de un sueño revelador y deslumbrante, presidido por Eros, Apolo y Dioniso.

Calasso nos muestra lo interesante que es el hombre por ser hombre. El héroe tiene sentido por sí mismo y no por la causa que defiende. Las ideologías, gracias a los dioses y a Calasso, aquí no tienen nada que hacer. En este reino mitológico todo brilla y todo existe y todo es importante, así que uno acaba enamorado de nuestros congéneres, aunque a veces estos nos lo pongan muy difícil si se duchan poco o mastican chicle con la boca abierta.

Pues nada, amigos. Os invito a estas bodas. Beberemos juntos. Nos emborracharemos, nos ceñiremos la frente con una corona de pámpanos. Y, cuando aparezca Dioniso en medio del cortejo, arrastraremos su carroza de flores entre la espesura de los bosques para derramar su gracia y su regocijo, que falta nos hace.

29 mayo 2012

Un pequeño gran milagro

Coradino Vega


Buena parte de la mejor literatura italiana del siglo XX es un tono. Una manera de hablar. La transformación de un carácter, de un enclave, de una atmósfera moral, en un conjunto de palabras en apariencia sencillas, desenfadadas, cantarinas, con una entraña de humanidad veladamente cómica, que a veces gritan sus personajes o susurra un narrador casi siempre a ras de tierra: una prostituta, una campesina, un hombre que quiere dejar de fumar, un intelectual que vuelve a su isla natal para ver a su madre. Incluso en su escepticismo hay a menudo una raíz vital. Hasta del desapego surge la ética, el alma, la revelación, el reverso de la angustia, los misterios de la muerte o la bondad. La Romana de Alberto Moravia, Conversación en Sicilia de Elio Vittorini, La conciencia de Zeno de Italo Svevo, Las palabras de la noche de Natalia Ginzburg, Todo modo de Leonardo Sciascia, La playa de Cesare Pavese, esa maravillosa ‘nouvelle’ que es La isla de Giani Stuparich. Y a pesar de la definitiva fusión con la ‘saudade’, geografía y literatura portuguesas que experimentó tras estudiar la obra de Pessoa, a esa tradición pertenece también el recientemente fallecido Antonio Tabucchi, cuyo primer libro, Piazza d’Italia, puede ser leído como una especie de Novecento de bolsillo.

Notable cuentista, autor de libros de viaje e híbridos, genéricamente similares a los de Claudio Magris, en los que mezcla la memoria con la ficción y con la crítica literaria, articulista político e intermitente novelista, puede que Tabucchi sea recordado sobre todo por la obra maestra que publicó en 1994: Sostiene Pereira. Él mismo explicaría, en su nota a la décima edición italiana, que Pereira se le presentó como una forma vaga, “en ese privilegiado espacio que precede al momento del sueño”, después de visitar en Lisboa la capilla ardiente de un exiliado periodista portugués fallecido casi en el anonimato. Poco a poco fue cobrando identidad y, “en dos meses de intenso y furibundo trabajo”, en un agosto toscano tan tórrido como el agosto de 1938 en el que transcurre la novela, Tabucchi acabó de perfilar a uno de los personajes más entrañables, redondos, perdurables y humanos de la historia de la literatura contemporánea. Pereira es un apático hombre sin atributos, un viudo hipocondríaco y gris cuya vida transcurre entre el periódico en el que tanto le cuesta publicar necrológicas de escritores franceses heterodoxamente católicos, el café en el que siempre toma una limonada con mucha azúcar y una ‘omelette’ a las finas hierbas, y el retrato de su esposa al que continuamente habla cuando llega a casa. Su existencia participa de la poquedad de su carácter porque no es más que una extensión de su limitado mundo afectivo y social. Pero un día, por una suerte de inesperado equívoco, Pereira conocerá al joven Montero Rossi, activista clandestino al que primero alertará de su temeridad y, más tarde, acabará ayudando. En un balneario al que Pereira accede a ir para reponerse de la obesidad y de sus dolencias cardíacas, el doctor Cardoso le hablará también de la teoría de la confederación de las almas, según la cual un individuo no tiene una sola alma sino muchas que sólo se ponen bajo las órdenes de un yo hegemónico que puede cambiar llegado un momento. Y eso que parece una anécdota irrelevante, una especie de broma intelectual, se trocará finalmente en la clave de la transformación que sufrirá el viejo e indolente periodista cuando, al tomar conciencia vía Rossi de la situación que hasta ese momento no había visto o no había querido ver, decide actuar de una manera tan modesta como peligrosamente heroica.

Sostiene Pereira es una novela moral, una novela "comprometida" escrita en un tiempo en el que ese adyacente era tachado poco menos que de irrisorio, de una precisión literaria encomiable y una sencillez intensamente conmovedora. El secreto de su perfección radica en el paulatino desarrollo de su protagonista, en cómo se nos muestra a Pereira desde su prudente pasividad hasta la ascesis que supone el milagro cívico de su conversión ética, pero también en la voz que lo cuenta. Ese narrador innominado, invisible y sin embargo continuamente presente que toma acta, que recibe la información y la transcribe con objetividad casi burocrática, que parece la voz de un notario, de un policía o de un juez, maneja un estilo flexivamente procesal, alejado de toda retórica, que por medio de los silencios y ese límite que se autoimpone el autor para penetrar en la conciencia de su personaje, va dosificando la información de una manera tan eficaz como hermosa, trazando el enrarecido y deshumanizado clima de la época casi por omisión y revelando, poco a poco y sólo por medio del comportamiento, la metamorfosis del señor Pereira.

Uno piensa en cierta escritura con pretensiones explícitas de compromiso social que se escribe hoy día en este país y no puede dejar de acordarse de esta novela o de algunas de las de Leonardo Sciascia. Porque parece que lo político, esa cosa tan seria y necesaria y de mensajes duros para quienes se arrogan su portavocía de forma no poco cenital, tiene que estar reñida con la ternura, la delicadeza de sentimientos y la limpieza de un personaje tan poco de cartón como Pereira. En esta novela Tabucchi acertó de lleno con el timbre y la forma a la hora de dar fe de un milagro laico: la decisión que acaba adoptando el inolvidable Pereira. Con esta novela, el mismo Tabucchi perpetró otro pequeño gran milagro, en dos meses, encerrado en Vecchiano, a partir de la necrológica que leyó en un periódico lisboeta sobre uno de esos seres anónimos que se pasan toda la vida sumergidos en una aparente mediocridad, pero que por un día, por un acto, por una acción, se elevan para siempre por encima del promedio de sus conciudadanos.

28 mayo 2012

El infierno según Virgilio

Ilya U. Topper

Una de estas pequeñas experiencias que tienen precio –normalmente euro y medio o por ahí– es andar por una calle de Madrid, quedarse magnetizado, como de costumbre, por una manta en la acera con volúmenes sobre los últimos avances de la medicina de 1950, manuales de picapleitos y evangelios misioneros, escudriñar esa novela barata en medio, la de la rubia con una pistola que brega inútilmente por esconderle el escote, y darse cuenta de que se trata de Kaputt. O de La Piel.

Los dos libros tienen en común, aparte del autor –Curzio Malaparte– que en ellos no aparece ninguna rubia con pistola. Pero en los cincuenta, aparentemente, la manera más eficaz de circumnavegar la censura de la Iglesia Católica era hacer ver que el libro en cuestión era un hatajo de pecados mortales y, por ende, inofensivo. Porque lo inofensivo, para la Iglesia, es el pecado; La Piel, sin embargo, que flagela en duros términos la corrupción moral de una sociedad en posguerra, acabó en el Index Librorum Prohibitorum.

En duros términos, he dicho. Me quedo corto. Porque no juzga: simplemente describe. Que es más duro que juzgar. Pero lo hace con una risa contagiosa y con una inmensa ternura, esa mezcla tan mediterránea de medir la temperatura del propio infierno y pedir un cargamento más de leña, por si acaso, sin perder el buen humor. Malaparte es el Virgilio de este infierno donde pululan ingenuos Dantes, los soldados estadounidenses que ocupan Nápoles, 'the good boys', chicos encantadores que han venido a salvar el mundo y lo están transformando en mercancía barata, cual rey Midas de Disneylandia, en carne de prostíbulo y lamebotas. La mayor atracción de la ciudad, lo nunca visto, a cinco dólares, no lo adivinan: una chica de trece años que ¡es virgen! ¡Compruébenlo!

Malaparte, juez y parte, es lazarillo y cómplice de los chavales norteamericanos, pero es también  un agudo observador, como corresponde a un ex reportero de guerra, reconvertido ahora en intérprete del Ejército estadounidense. Colaborar con la potencia ocupante de su patria sería sólo un pequeño y divertido intervalo para alguien que había marchado con Mussolini sobre Roma y era miembro del Partido Nacional Fascista antes de ser exiliado a Lipari, primero, y encarcelado luego cuatro veces por sus antiguos camaradas, para alguien que terminaría afiliado al Partido Comunista y quien, según las malas lenguas, murió en la fe católica a la vez que en la maoista. Cada uno de estos rasgos serviría para condenarse, pero es leyendo La Piel, esa inmensa pintura al fresco de un Nápoles inmortal, cuando uno entiende la sonrisa sarcástica y tierna con la que Malaparte tuvo que haber pronunciado tres o cuatro credos incompatibles a lo largo de su vida.

Una danza macabra de Brueghel contada en el lenguaje del mejor Mark Twain: eso es la famosa Escena de la Sirena, que es a la literatura lo que el detalle de los relojes de Dalí a la pintura. Imagínense al Estado Mayor norteamericano, ladies incluidas, en la sala de cenar, imagínense que, debido a la escasez de platos dignos, los sirvientes italianos, ansiosos de complacer a los nuevos dueños, les traen día tras día los peces del famosísimo acuario de Nápoles, imagínense que un día les sirven en bandeja de plata una sirena. Sí, sí, una sirena como en los cuentos de Andersen, con pelo dorado, cuerpo humano y casi cola de pez. Y ahora imagínense que mientras ustedes leen la escena, no pueden dejar de desternillarse de risa. Eso es realismo mágico, pero a lo esperpéntico, un espejo cóncavo frente a los grandes del género, Rulfo y Marsé (perdonen, pero García Márquez nunca pasó del realismo-realismo).

No pueden dejar de desternillarse... si le pueden seguir a Malaparte en su capricho de contar parte de los diálogos en el idioma en el que se producen, es decir inglés, en este caso. A veces repitiendo el sentido en italiano, a veces no. Una faceta del escritor aún mucho más pronunciada en Kaputt, el libro que recoge sus andanzas de reportero por los frentes de guerra de media Europa, de Ucrania hasta Suecia. Tomando por título lo que tal vez sea la palabra alemana más universal, aunque todos los alemanes la tienen por un préstamo de oscuro origen italiano, Malaparte traza una Europa rota, con más  Brueghel y menos Mark Twain (esa escena de los campesinos ucranianos ahorcados, ya me dirán), muchas más páginas y una mezcla de idiomas ya insondable. Sería un gran libro si no lo superara tanto, por su brevedad, La Piel. Eso sí, léanselo, aúnque sólo sea para encontrar la página donde cuenta los trucos del oficio del esperpentista. Esa escena en la que consigue convencer al general, que duda de que a Malaparte le pasaran todas esas cosas truculentas que no para de narrar, de que se acaban de comer juntos una mano humana. No tiene precio. O sí: euro y medio, dos, según la manta en la acera.

27 mayo 2012

"Estado Crítico" y la literatura italiana

Con motivo de la celebración de la Feria del Libro de Madrid, Estado Crítico se alinea con el homenaje a la literatura italiana, invitada de honor este año al evento.

Por ello, en los próximos días, algunos estadistas publicarán reseñas de obras escritas por autores italianos, ya sean clásicos o novedades. Sirva este pequeño gesto como reconocimiento.