Cuac cuac cuac cuac cuac

Hablaba con las bestias

Konrad Lorenz

Tusquets (Fábula), 2009

ISBN: 978-84-8310-640-2

216 pág.

7,95 €

Traducción: Ramón Margalef



Ilya U. Topper


Un diablo con cuernos y rabo que baila sobre las chimeneas rodeado de una bandada de grajillas. Un señor de mediana edad que avanza a cuclillas por su jardín, profiriendo sin cesar un extraño cuac-cuac-cuac. Un cineasta que pide disculpas a los patos por hablarles en el idioma de los gansos.

Esta es la extraña fauna que pulula por las páginas de este pequeño gran libro de Konrad Lorenz, uno de los mayores zoólogos alemanes del siglo XX, premio nobel en 1973 y considerado el padre de la etología, es decir la ciencia que estudia el comportamiento de los animales. No le falta humor. Ni autoestima: asegura que lo que consiguió el rey Salomón ―hablar con bestias, pájaros y peces―, también lo puede hacer él, en cierta medida, y además sin anillo mágico. Simplemente aprendiendo sus idiomas. Es más, usted, lector, podría hacerlo si se pone a ello. El cineasta citado consiguió explicarles a los patos ―en su idioma― que se quitaran del encuadre de la cámara mientras filmaba a los gansos.

En fin, este librito, primero publicado en alemán en 1949 y reeditado ―incluyendo los dibujitos de la mano del propio autor, que rivalizan en humor con el texto― por Tusquets en marzo pasado es una lectura obligada para cualquiera que tenga la intención de hacerse con algún animal de compañía, comprendiéndose en este concepto desde las larvas de los escarabajos acuáticos hasta las cacatúas. Al menos, no se sentirá usted solo ante el peligro.

¿No tiene intención de hablar con las bestias, tiene fobia a los pájaros y opina que los peces donde mejor están es dorándose en la sartén? Aquí van algunas razones más por las que podría convencerse de que esos 7,95 euros que le sobran en el bolsillo tienen la firme intención de intercambiarse por este libro:

- El médico le ha recetado ejercitar los músculos de la risa.
- Le gusta tener la sensación de estar aprendiendo algo cuando lee.
- El médico le ha recetado cuidarse la muñeca y no puede ir ya leyendo en el metro estos volúmenes de kilo y medio que desde antes del verano parecen la lectura obligada.
- Usted acaba de superar el examen de bachillerato con una nota media que le permite elegir una carrera de ciencias naturales y aún duda de si puede interesarle.
- Le han regalado un nuevo bolso superbonito pero tan pequeño que no caben estos volúmenes de kilo y medio etc.
- Su hija de trece años se le queja de que la clase de biología es aburrida.
- De pequeño, le gustaban las fábulas de Esopo, donde todos los animales hablan, y se ha quedado pensando si todos comparten el mismo idioma (no: no lo comparten. Esopo nos toma el pelo).
- El chico/la chica que le gusta le ha dicho que estudia biología, y tras el típico “qué interesante” a usted se le han acabado los recursos de la conversación.
- Usted tiene ganas de hacerle un corte de mangas a Dan Larsson y Stieg Brown, pero no quiere dejar de divertirse leyendo.
- Le gustan los cuentos románticos con final feliz, aunque los protas sean grajillas.

Seguro que tras leer el libro, usted encontrará algunas razones más. Quizás incluso alguna para regalarlo. Hablamos después. Cuac cuac.

Una bandada de pájaros

A merced de los pájaros

Jesús Cotta

Fundación Ecoem, 2009.

ISBN: 978-84-92411-83-2

56 págs.

8 euros




Rafael Roblas


Lo escribió hace muy poco el tratadista Javier Mije en esta misma página: quizá los libros nos gusten cuando provocan la ilusión de que hablan de nosotros mismos. Y alguna razón debía de tener el admirado colega cuando una bandada de pájaros procedente de un libro de poemas nos obliga a comenzar esta reseña por el tejado y no por los cimientos. Efectivamente, tanto el regusto que produce este A merced de los pájaros en el paladar como el buqué de su presentación son inmejorables, pero ¿cómo desentrañar los inefables caminos del verso sin que se avinagre el poema con los agrios rudimentos de la crítica literaria? Conviene ir paso a paso.

A merced de los pájaros es el primer libro de poemas de nuestro compañero Jesús Cotta. Publicado como quinto título de la colección Siltolá (Fundación Ecoem), el cuaderno –que así podría también denominarse por su brevedad- recoge treinta y siete composiciones muy apegadas formalmente a los cánones clásicos. De este modo, el verso endecasílabo se convierte en el eje rítmico de la obra, combinando indistintamente la rima con el verso blanco. Capítulo aparte merecen los poemas que utilizan el soneto como armazón, bien sea a la manera tradicional o a la innovadora variante del soneto blanco, tan nerudiano en su terminación. Sin embargo, no son las únicas propuestas de Cotta. Heptasílabos, pentasílabos, tiradas arromanzadas, rimas abrazadas sueltas… conforman una amalgama rítmica monocorde y, al mismo tiempo, diversa que dotan de unidad al poemario.

Pero si el clasicismo caracteriza el apartado formal del libro, ¿qué decir de los temas tratados? La perdurabilidad de la naturaleza ante la fugacidad de la huella humana, la belleza, la familia, la soledad, la muerte, el amor. Ninguna nota discordante, ningún guiño postmoderno, ninguna brizna de experimentalismo extrapoético. ¿No es acaso esto otra muestra más del equilibrio ortodoxo del poeta? Quizás por ello, y a la manera de los nuevos pastores de Virgilio, Cotta nos emplaza de nuevo al beatus ille de su corazón. Y allí, entre árboles y violetas, líquenes y hojarascas, sombras y estrellas veremos sucederse una tras otra las cuatro estaciones del año, presagiando al final la cenicienta luz del invierno, ese no ser al que algunos [lo] confunden con la muerte.

En A merced de los pájaros se encuentran versos tan brillantes que podrían ser calificados como definitivos a pesar del carácter primerizo de su autor: ¿No me dirás, descuido de la noche, / a qué sabrán tus labios de hojas verdes? O tal vez estos otros, de remotas reminiscencias lorquianas: Hoy se me han despertado tus delfines / y me han hecho montar en tus caballos, / aunque eres alta y honda y me das miedo. Sin embargo, donde demuestra admirablemente Cotta su oficio es en el remate de los poemas, revelándose como un excelente visionario que conduce al lector por el camino del verso, abandonándolo al final del sendero para que sea este el que halle en solitario la piedra filosofal que convierte la intuición en una onza sentimental de oro. Evidentes ejemplos de esto último son “La noche más oscura”, “Amor me sabe a poco” o “Estrellas en el barro”.

LA NOCHE MÁS OSCURA

Se ha cernido la noche más oscura
y ya no ves las torres que has alzado,
la ciudad que tu espalda aún defiende,
los muchos niños que llevaste en brazos.

Y te encuentras de pronto en un abismo
donde no llega el canto de los pájaros
y no ves en el cielo las estrellas
porque las tienes todas en la mano.

Tócalas, padre, para que se enciendan
y te curen por siempre del espanto.

De este modo, como en la sinuosidad dulce del río, el libro discurre por el cauce del lector (yo soy el río, adiós, yo soy el río) hasta un mar que se transmuta en el aire donde vuelan los pájaros y resplandecen las estrellas (¿Por qué un amor nacido entre las flores / me recordará tanto a las estrellas?). Algunas composiciones se quedan en la memoria, retenidas por meandros que impiden su trayectoria natural. Excelente es el soneto blanco inicial “Los árboles no pueden suicidarse”, donde la voz lírica rumia el fatal destino del hombre, ser consciente de su muerte, y lo contrapone a la naturaleza, símbolo de la belleza inconsciente (Las mariposas por ejemplo insisten / en volar sin saber que son hermosas); así como el vértigo de eternidad que transmite el poema “Visita a las secuoyas”, árboles ajenos a los límites humanos en tiempo y en espacio, aplastantes vencedores ante todo soberbio atisbo de progreso y de tecnología contemporáneos (¿Para qué ir a ver los rascacielos / temblones que además se resquebrajan / si hay secuoyas que llegan hasta el sol?); o, más adelante, “Estrellas en el agua”, sueño en el que el poeta alarga su brazo para atrapar la ilusión óptica de una estrella sobre las aguas del estanque nocturno, como lejana sombra de un nuevo Manrique becqueriano (¿Y quién no fue feliz en el engaño / de tener al alcance de los dedos / la más indiferente lejanía?).

Este es, en fin, el libro de Jesús Cotta, una sucesión de ilusionantes aciertos que sumergen al lector en una catarsis que se agradece en estos tiempos que corren, tan poco propicios para la lírica. Pero, sin embargo, y como ocurre en todo tanteo inicial, el libro dista de ser redondo y no sería justo pasar por alto una de sus aristas más evidentes: a pesar de los aspectos positivos reseñados, se advierte en la estructura del poemario cierta dispersión, achacable sin duda a la disparidad de obras seleccionadas y a su difuminado proyecto global. Quizás por esto se notan demasiado los saltos entre las composiciones, encadenadas en estilo y forma, pero discontinuas en temas y símbolos, asemejándose en algunas ocasiones a una concatenación de buenos poemas ocasionales, sin ninguna cohesión narrativa ni lírica entre sí.

Pero no nos engañemos, este quinto título de una cuidadísima –todo hay que decirlo- colección Siltolá de poesía es un buen libro de poemas. Con él su autor se ha señalado para que en un futuro su nombre no sólo sea tenido en cuenta como el del excelente ensayista que ya es, sino también como el de un poeta de los pies a la cabeza que puede dar mucho de sí. Por lo pronto, ya sus pájaros vuelan tan alto por el cielo lírico que buscan las estrellas lejanas, pero, a la vez, tan cercanos al suelo que por eso hablan en el libro de nosotros mismos. Quizás ese sea el secreto de la poesía. Quizás, por eso mismo, este A merced de los pájaros deja tan agradable sabor, como el del buen vino, en el paladar.

Cirugía al Amor

En Grand Central Station me senté y lloré

Elizabeth Smart

Periférica, 2009

ISBN 978-84-92865-00-0

160 páginas

17,50 euros

Traducción de Laura Freixas





Carolina León

Exploración, análisis, radiografía, desmenuzamiento, cartografía, microscopía del sentimiento amoroso. Busco la palabra exacta que le haga justicia a un trabajo tan enconado como encoñado acerca del Amor. Ni atisbo por ningún lado del tema romántico, aviso. ¿Cómo abordarlo, pues?

La señora Smart desglosa, en ciento sesenta páginas, algo que está muy lejos del tópico de la pasión amorosa tal como nos la han servido docenas de literatos, y en donde eso, el Amor, se ofrece sepultado bajo elementos nada amables: crueldad, egoísmo, frialdad, dolor, abandono, soledad, rabia, miedo.

Primero: hagan el esfuerzo de entender que, siendo autobiografía, se trata de una elaboradísima reconstrucción de la historia personal de la autora con el poeta George Barker. Elaborada como el mejor soneto de Shakespeare o cualquier poema de Petrarca. Están los sentimientos sublimados (que no quiero decir elevados) y encajados en un campo que no es precisamente el de la novela, aunque esta forma literaria sea la que más se ajuste para describirla.

Segundo: el eterno presente de indicativo hace creer que podría haber sido redactado como un diario de los sucesos (metamorfoseados constantemente por la metáfora, la imagen bíblica, el alegato a la tradición, un lenguaje lírico donde toda palabra funciona como símbolo). Saber que se trata de un relato sobre sus propias experiencias empuja doblemente a caer en la trampa.

Tercero: la elaboración literaria es prolija, pero no por eso se esconde ni una pizca de la sordidez de los sentimientos y hechos aquí expuestos. Es al final, cuando pasamos la última página, que descubrimos las notas de traducción agrupadas en las cuartillas finales, que dan cuenta de los muchísimos anclajes en la literatura (anglosajona, pero no exclusivamente) que tiene el texto.

Cuarto: la modernidad absoluta de esta extraña novela radica en su impudor. En la labor de una escritora que, habiéndolo vivido todo, se apresta a contarlo todo. El verdadero hallazgo de esta mujer fue encontrar una suerte de lenguaje nuevo para relatar algo tan viejo como una devastadora pasión. Ese lenguaje, la textura interna del libro, no rechaza ningún referente, y el mundo entero que la rodeaba cabe dentro, de una forma u otra, de los (vistos con ojo clínico) insípidos hechos narrados. Así, la velocidad a la que el mundo giraba, la guerra, las cafeterías, las carreteras, las ciudades, las estaciones, los revisores del autobús y los camareros, las pequeñas ciudades canadienses, el provincianismo, la gran América, la homosexualidad y la religión entran como personajes, como coro de la tragedia. Entran los delirios, los recovecos más densos del alma, la locura, la procacidad, la escatología, el miedo, las habitaciones de hotel sucias, las miradas reprobadoras. Entra prácticamente todo a formar parte de una novela en la que no hay descanso, hay Amor, pero no descanso.

Quinto: es, así, exigente como todo buen libro. La tendencia por el uso reiterado de algunas grandes palabras -sangre, dolor...- lo hace estar muy cerca de una lírica simbolista que, para esta lectora, guarda curiosas concomitancias con la de la poeta argentina Alejandra Pizarnik. En Smart la concentración de sentidos tiene otra forma de plasmarse.

Sexto: todo lo anterior hace que el mundo representado se diluya. Tal trabajo interior termina por desconvocar los referentes. Simple y llanamente, cuando te dejas atrapar por esta prosa, sólo existe esta prosa. Al cabo, las metáforas no se sienten metáforas, sino descripciones directas de las cosas.

Exactamente, como si de un texto científico estuviésemos hablando. Smart se sentó, lloró, pero por suerte escribió esta novela: un modernísimo paper de investigación espeleológica en la pasión amorosa, sin escrúpulos ni vanidades; al rascar debajo de la cobertura azucarada de la palabreja Amor, descubrió por último un corazón agusanado.

Memoria y presente del tiempo ido

El fin de semana perdido

José Luis Piquero

DVD ediciones, 2009.

ISBN: 978-84-96238-90-9

82 páginas

8 euros


Juan Carlos Sierra




Uno puede llegar a los libros de múltiples maneras. Dejando a un lado el método más habitual, a saber, las reseñas de suplementos literarios, revistas especializadas, programas de radio y televisión, etcétera -sobre los que sobrevuela no sin razón la sospechosa sombra de los grupos editoriales que los patrocinan-, quizá la forma más fiable de aterrizar en un título sea el boca a boca entre lectores de confianza, que suelen aliarse en muchas ocasiones con la amistad. En los tiempos ‘digitales’ en que navegamos no hace falta tropezarse con un cómplice de vida y lecturas en la barra de un bar o en la parada del autobús para intercambiar títulos como niños que canjean cromos de las estrellas de la liga; basta con asomarse a los blogs amigos.
Así me acerqué o llegó a mí El fin de semana perdido de José Luis Piquero. Gracias a las reseñas ‘blogueras’ de José Manuel Benítez Ariza y Antonio Rivero Taravillo –elogiosas ambas y fiables a mi entender al cien por cien-, me decidí a revisitar a uno de los poetas españoles contemporáneos más interesantes. Había leído algunos poemas sueltos en antologías y por fin, en el año 2004, cayó en mis manos Autopsia, el libro que reunía la poesía completa –y revisada- de Piquero hasta ese momento.
De aquella lectura me quedó la impresión de un poeta claro, contundente y, sin embargo, con algún que otro momento de titubeo. En El fin de semana perdido saboreo la misma claridad, parecida contundencia, pero más seguridad y, sobre todo, algo que apuntaban los últimos poemas de Autopsia –los por entonces ‘Inéditos’-: una mirada menos fascinada de la juventud, un repaso más lúcido, descreído y crítico del pasado, a pesar de ‘Mensaje a los adolescentes’, el poema que abre El fin de semana perdido.
Parafraseando al autor, el libro se articula en tres secciones, más un prólogo –el mencionado ‘Mensaje a los adolescentes’- y un epílogo –‘Islantilla, otoño’, que trata “un tema inacabable: el exceso de realidad y, con él, nuestro asombro ante el mundo”-. En la primera, ‘Lázaro otro', se recogen “textos de varia lección”, ‘Wakfield’, la segunda parte, reúne “sucesos muy importantes de mi vida personal” y ‘Alumnas de una escuela de peluquería’ “contiene poemas de amor y desamor –la mayoría en forma de retratos- y acaso una idea común: el amor y la amistad son la misma cosa”.
Esa es la percepción del propio autor, que no tiene que coincidir necesariamente con la del lector –o solo en parte- y en la que Piquero se ha empeñado en destacar el plano más anecdótico de sus textos. Sin embargo, El fin de semana perdido va bastante más allá. ‘Lázaro otro’, aparte de las más que frecuentes referencias bíblicas y mitológicas, indaga en la dimensión más paradójica del paso del tiempo, en la asunción entre nostálgica y descreída de la edad adulta y de la memoria, muy en la línea de otro poemario que reseñábamos no hace mucho en este blog, Apuntes para un futuro manifiesto de Fernando Luis Chivite. En ‘Wakefield’, la segunda sección del libro de José Luis Piquero, la constante es la soledad, que aparece como consecuencia lógica de los cambios que inevitablemente conlleva el trascurso de los años. En este sentido hay que destacar que se trata de una soledad bastante alejada, según se desprende de los versos del autor, de su ficcional regodeo e impostura de juventud. Finalmente, ‘Alumnas de una escuela de peluquería’ vuelve sobre la constante del devenir vital, pero ahora desde la perspectiva de los amores y desamores vistos desde el presente del personaje poético.
En resumidas cuentas, El fin de semana perdido retrata el subsuelo de las arrugas y las canas, de los achaques y la alopecia, pero con la claridad y la contundencia de quien describe arrugas, canas, achaques y alopecia.

Schopenhauer sin aditivos

Parerga y Paralipómena

Arthur Schopenhauer

Valdemar, 2009

ISBN: 9788477026310

40 €

Traducción : Trad. J. R. Hernández Arias, L. F. Moreno Claros y A. Izquierdo


Luis Manuel Ruiz


A inicios del siglo XIX, Fichte enunció que el tipo de filosofía que se hace depende del tipo de hombre que se es. Apenas treinta o cuarenta años más tarde, la vida sorprendente y lastimosa de Arthur Schopenhauer, que odiaba a Fichte, vendría a dar la razón a su aforismo. Un hipocondríaco que podía pasar dos meses seguidos sin abandonar su habitación, que consideraba que las mujeres no deberían salir jamás del jardín de infancia, que confesaba amor a su caniche Butz (conocido en medio Frankfurt por el apodo de “el pequeño Schopenhauer”) por encima del grueso de la humanidad, que detestaba el más mínimo ruido ambiental hasta el punto de rechinar los dientes ante los pasos de un vecino en el rellano, que se consideraba a sí mismo un genio explosivo y anónimo no podía sino generar una filosofía a su imagen y semejanza: uno de los mayores monumentos a la amargura, la lucidez y el nervio que ha alumbrado la civilización occidental. Conforme a su carácter, el universo de Schopenhauer es un lugar sin sentido donde reina una fuerza ciega llamada voluntad; el amor del hombre por la mujer, por muchos poemas que segregue, es sólo una excusa para el coito; el arte constituye la única válvula de escape en un mundo despreciable por su fealdad, su absurdo y sus molestias; el verdadero sabio, si no termina por ahorcarse, elegirá el mal menor del “suicidio metafísico de la voluntad” o la inacción absoluta, como una piedra o un funcionario. El mayor mérito de Schopenhauer radica en haber trenzado con dichos mimbres (desesperación, angustia, derrotismo y miedo) una obra que, paradójicamente, supone un canto a la curiosidad de conocer y un desafío a la inteligencia para que recorra las esquinas más oscuras y reveladoras de sí misma.


Todo ese entramado de clarividencia y asco figura de manera pormenorizada en la que se considera la obra capital del autor, El mundo como voluntad y representación, publicada cuando él contaba la edad de treinta y un tiernos añitos. En cuanto le puso el punto final, se declaró convencido de haber escrito la obra maestra de la Historia del Pensamiento (así, en mayúsculas). Pensó en encargar a su joyero una sortija en la que apareciera la Esfinge arrojándose de la cima de un peñasco, después de que alguien (él) hubiera logrado por fin resolver todos los enigmas habidos y por haber que plantea el destino, y en su cuaderno de apuntes se sinceró con la posteridad en los siguientes términos: «Sujeta a las limitaciones del conocimiento humano, mi filosofía es la solución real del enigma del mundo. En ese sentido puede ser llamada una revelación. Está inspirada por el espíritu de la verdad: en el cuarto libro hay incluso algunos párrafos que pueden ser considerados como dictados por el Espíritu Santo». Por tanto, se comprenderá la combinación de desolación y furia con que Schopenhauer recibió el índice de ventas de una obra destinada a competir con el mismísimo Evangelio: 230 ejemplares de una primera edición de 800 (1819) y 750 de una segunda edición ampliada (1844) que el editor Brockhaus, con el que el filósofo acabó por enemistarse, se vio obligado a saldar para que le cuadrasen las cuentas. Pero el silencio creado a su alrededor no arredró a Schopenhauer: por desgracia para él, en los años siguientes emprendería diversas tentativas de convertirse en traductor o profesor de universidad que se estrellarían unánimemente contra la indiferencia de sus contemporáneos. Lo cual, según era de prever, no hizo más que dar la razón a su teoría: el universo es un lugar imbécil y nauseabundo donde las almas de valor, si son realmente tales, pasan por completo desapercibidas.


Vista su hoja de servicios, no es de extrañar que el editor Brockhaus, cuya paciencia debió de ser sin duda meritoria, recibiera con recelo una nueva proposición de Schopenhauer: publicar un título inédito, revolucionario, nada de tratados de difícil digestión, una obra dirigida al gran público de la que sin duda se extraerían pingües dividendos. Tras la negativa de Brockhaus, la obra en cuestión conocería su primera luz en las imprentas berlinesas de A. W. Hayn. Se trataba de Parerga y Paralipómena, aparecida en 1851 y rápidamente elevada (para sorpresa de propios y ajenos) a la categoría de best-seller. De la noche a la mañana, aquel viejito antipático y quejoso se vio cercado por la fama; recibía cartas de admiradores, jóvenes deseosos de imitarle llamaban a su puerta, graves intelectuales peregrinaban hasta Frankfurt para presenciar cómo conversaba con su perro. Pero el vino de la gloria, que en otros estómagos habría terminado en borrachera, no intoxicó el suyo: «Después de que uno ha conocido durante su larga vida la indiferencia y la insignificancia, te llegan al fin con tambores y trompetas y creen que ya está», escribió.

Parega y Paralipómena, cuyo título, traducido, quiere decir algo así como “fragmentos y añadidos”, ha sido, de las obras de su autor, la que ha gozado de mayor fortuna y, a la vez, la que más ha sufrido la tiranía de los editores. Su estructura, una miscelánea de ensayitos sobre temas sin relación y baterías de aforismos alrededor de cuestiones diversas, se prestaba que ni pintada para el troceo, el revuelto y la dispersión, que es lo que las editoriales han hecho con ella, al menos en España, durante los últimos cien años. La inmensa mayoría de los libros más conocidos de Schopenhauer para el público nacional se titulan del tenor de El arte de saber vivir, El amor, las mujeres y la muerte, El arte de tener razón y similares, y proceden todos, sin falta, del fondo común de los Parerga. La iniciativa de la editorial Valdemar a la hora de ofrecer esta versión íntegra resulta, pues, valiosa en varios aspectos: en primer lugar, se suma a las escasas ediciones completas en castellano (la prehistórica traducción de Edmundo González Blanco y Antonio Zozaya de 1908 reciclada por Ágora, la pulcra y académica de Pilar López de Santamaría para Trotta, concluida muy recientemente con un segundo volumen); y luego, lo hace en un formato cómodo y manejable (tomo único, traslación a un idioma fresco, espontáneo y de fácil acceso) que sin duda ayudará a aproximar la figura del filósofo a quienes todavía no la conozcan de cerca.

En este sentido, Parerga constituye, sin discusión, la puerta idónea para penetrar en el orbe de Schopenhauer por vez primera. Si bien sus pensamientos más maduros y mejor trabados forman parte de El mundo…, el libro que nos ocupa (no en vano fue superventas en su día) se esfuerza más por interesar al lector medio, por provocarlo o distraerlo mediante el abordaje de cuestiones varias que todavía no han perdido, a pesar de los ciento cincuenta años transcurridos, su vigencia. “Sobre la filosofía universitaria” servirá de acicate a todos quienes piensen que el trabajo intelectual honesto y los despachos de las facultades son términos incompatibles, por motivos que saltan a la vista; los “Aforismos sobre el arte de saber vivir”, la parte más explotada del centón, contiene un recetario del que servirse contra los inconvenientes y contra las esperanzas, que forzosamente conducen a nuevos inconvenientes; el “Ensayo sobre las visiones de fantasmas”, tal vez mi favorito, desarrolla una personalísima teoría, me atrevería a decir que única en su género, sobre el espiritismo, la hipnosis, la adivinación y otras artes ocultas muy en boga en la época y a las que Schopenhauer concedía un ferviente crédito (en 1831, cuando se declaró en Berlín la epidemia de cólera a la que sucumbiría, entre otros muchos, el propio Hegel, huyó de la ciudad alertado por un sueño premonitorio). La segunda parte de los Parerga es aún más miscelánea y errabunda que la primera; con la excusa de abordar asuntos como el suicidio (altamente recomendable), la fama (no tanto), el matrimonio (nada en absoluto) o la vida en el más allá (tonterías), el filósofo amargado y entrañable va ofreciéndonos su autorretrato a pequeñas pinceladas: el de un individuo tan insoportable como imprescindible que consideraba que el pensamiento, como el talento para el dibujo o la melodía, es una vocación que no llama a todas las personas y de la que debería desalojarse a los intrusos. «Una ciencia —escribió— puede aprenderla cualquiera; tal vez a uno le costará más esfuerzo, y a otro, menos. Pero del arte cada uno recibe sólo lo que estaba latente en él… Porque el arte no se ocupa, como la ciencia, de los poderes meramente razonantes, sino de la naturaleza íntima del hombre, donde cada uno debe contar sólo por lo que realmente es. Bien, pues tal es el caso de mi filosofía, pues lo que se propone es ser filosofía como arte».



[Publicado en La tormenta en un vaso]

El primer punk


Maintenant

Arthur Cravan
El Olivo Azul, 2009
ISBN: 13 978-84-936637-9-7
Traducción de Jèrome Gauchet y Elena Fons
120 páginas
18 €




Daniel Ruiz García
Con su buen gusto acostumbrado -qué preciosa edición-, El Olivo Azul nos brinda la oportunidad de arrojarnos sobre los textos que componen la mayor parte de la producción literaria de Arthur Cravan. Y al acercarse a los textos, uno tiene la turbulenta sensación de estar acariciando algo muy grande. Porque, ¿quién no conoce a Arthur Cravan? ¿Quién no se ha dejado seducir por su leyenda, por sus extravagancias, por su locura muchas veces inhumana? Arthur Cravan es como aquel joven del barrio del que uno escuchó mil historias, pero que nunca tuvo el placer de conocer en persona. Como El chico de la moto en el clásico de Coppola, como el Gran Meaulnes en aquella imborrable novela de Alain-Fournier. El más listo, el más loco, la puñetera leyenda que ahora, por cortesía de El Olivo Azul, llega hasta nosotros echándonos encima todo su aliento, haciéndonos vibrar y lo más importante, dejándonos la sensación de debajo de Cravan latía un talento creativo enorme.

La editorial cordobesa ha reunido en un único volumen los contenidos íntegros de la revista Maintenant que Arthur Cravan autoprodujo y autoeditó en París entre los años 1912 y 1915. Allí está la mayor parte de la producción de este autor que convirtió su vida excesiva en su principal obra, y el juego en su principal seña de estilo. Porque toda su vida fue un enorme juego, el juego de la confusión, de la duda, de la negación, desde su propio nombre (su nombre real era Fabian Avenarios Lloyd) hasta incluso su muerte (falleció en circunstancias nunca aclaradas en la costa de México).

Escritores aventureros ha habido muchos. Ahí están, por nombrar sólo los más recurrentes, los ejemplos de Stevenson, Melville o Hemingway –aunque la veracidad de éste último siempre estuvo ligeramente bajo sospecha-. El caso de Cravan es muy distinto porque, al contrario que todos éstos, Cravan no edificó con su literatura una épica romántica y aventurera, sino que prefirió dejar de lado la literatura para convertirla más bien en un aderezo de su vida, de la que prefirió hacer su principal obra. Transformando su vida en una suerte de performance permanente, Cravan se esmeró en sembrar la sorpresa, la polémica y el ruido en torno a su vida, convirtiéndose, al cabo, en el más vivo paradigma del artista loco, del demente que hace de su biografía su principal obra de arte. En este sentido, no sólo fue el precursor, como se ha dicho tantas veces, del Dadaísmo. Fue, sin duda, y siguiendo la estela de las tesis de Greil Marcus en el estimulante ensayo Rastros de Carmín, el primer punk, de forma que a su lado Sid Vicious parece una ingenua pantomima.

No puedo resistirme, lo siento, a hablar de su vida. Veamos: fue el que le levantó la novia a Marcel Duchamp (en su intensa biografía, Calvin Tomkins recuerda la primera impresión que provocó en Mina Loy su conocimiento de Cravan: “El hedor putrefacto de obscenidades no pronunciadas que emanaba de aquella tumba de carne, carente de todo magnetismo, dejó mi cutis empolvado”. Esto no fue impedimento para que finalmente abandonara al creador de los readymades e incluso se casara con Cravan). También se convirtió en el campeón nacional de los semipesados en Francia, y entabló un memorable combate contra Jack Johnson en la Monumental de Barcelona. Memorable por varias razones: primera, porque Johnson fue el primer campeón mundial de los pesos pesados de raza negra; y segunda, porque en realidad el combate fue un amaño entre Cravan y el boxeador, tras el cual, con los bolsillos llenos, se dieron a la fuga. Autodeclarado sobrino de Oscar Wilde –uno de los aspectos, probablemente el único, que es del todo veraz en su biografía, ya que su padre era hermano de Constance Lloyd, con quien se casó el inglés-, Cravan protagonizó algunos sonoros escándalos, como su atípica conferencia de presentación de la Exposición de los Independientes en Nueva York, de la que Cravan, completamente borracho, fue expulsado por intentar desnudarse en público. En el París prebélico, entabló varios encontronazos sonados con autores consagrados, entre los que resuenan especialmente, por su popularidad, los nombres de André Gidé o de Apollinaire.

Estas son sólo algunas de las anécdotas que jalonan el largo historial de polémicas de un autor que concentra en sí mismo todo el espíritu de las vanguardias de comienzos de siglo, y me atrevería a decir del propio concepto del arte como impulso vanguardista, como expresión de libertad y de negación del orden establecido, como acto supremo de expresión que en muchos casos, de tan radical, parece puro terrorismo.

Es por ello que uno aborda los textos literarios de Cravan con gran respeto, como si entrara en una especie de basílica sagrada, pero también con ciertas reservas, con el miedo a que detrás de tanto ruido no haya más que un tremendo fraude. Pero qué carajo, los cinco números de Maintenant que Cravan sacó a la calle –y que él mismo iba vendiendo con una carretilla, como quien vende pan del día-, todos ellos escritos íntegramente a través de distintos heterónimos, son un verdadero puñetazo, y no resultan, como han querido ver muchos detractores del francés, una producción mediocre. Joder, os diría que el artículo del número 4 –el mejor sin duda de los cinco- sobre la Exposición de los Independientes de París es de lo más potente que he leído en mucho tiempo en materia de crítica artística. Sin ningún tipo de concesión, pegando puñetazos a diestra y siniestra, sin cortarse un pelo. Con un estilo seco y punzante y una mala leche que ríete tú de los críticos de los suplementos culturales. El resultado es verdaderamente hilarante, y uno llega a comprender por qué Cravan se granjeó tantas enemistades en su tiempo, y por qué también ha sido tan denostado por la crítica, a pesar de su incontestable calidad.
Arthur Cravan es un crack, vaya que sí, y hay que sacarlo del olvido. Del olvido literario, quiero decir. Ahora que estamos tan concienciados con eso de desenterrar la memoria, a lo mejor es momento de hacer algo por gente como Cravan. Gente que fue capaz de ejercer la libertad creativa plena a través del puñetazo literario, con el que se adelantó muchas décadas al manido No Future de los imperdibles y las tachuelas. Cravan, el discípulo aventajado de Oscar Wilde, el boxeador más negado de su época (quería forrar sus guantes “con rizos de mujer”), el aventurero, el cobarde en los duelos a pistola, el miserable, el escatológico, el salido, el precursor del punk. Aquel que nos regaló destellos como su definición del fútbol (“el billar de las praderas”) o del genio (“una manifestación extravagante del cuerpo”). Leer Maintenant es toda una experiencia: provoca, como poco, el mismo subidón que escuchar a buen volumen el Never Mind The Bollocks.

Velázquez anda por Brooklyn

El experimento Velázquez

Michael Gruber

Alfaguara, 2009
ISBN. 978-84-204-2339-5
390 páginas.
20 euros.

Traducción de Cecilia Ceriani.



Rafael Roblas Caride

Teniendo en cuenta la dictadura editorial contemporánea y el consiguiente trono en el que tiránicamente asienta sus reales el infumable best seller basura de usar y tirar, se agradece que, de vez en cuando, aparezcan en escena obras poco pretenciosas, de trama simple, acción continua y adecuada dosis de intriga que realmente capturen la atención del lector de principio a fin y que no abusen de su imaginación obligándole a comulgar continuamente, no ya con ruedas de molino, sino con dólmenes megalíticos del tamaño de una torre. Sorprendentemente, Michael Gruber (Nueva York, 1940) parece haberlo conseguido con este experimento velazqueño, aunque se deje en el camino alguna que otra probeta hecha añicos.

Después de El libro del aire y de las sombras (Alfaguara, 2008), thriller que giraba en torno al legado shakesperiano, Gruber apuesta otra vez por el mundo artístico para apoyar el andamiaje de su nueva novela, concretamente por la biografía de uno de los grandes genios de la pintura de todos los tiempos: el sevillano Diego de Silva Velázquez. Pero, al contrario de lo que pudiera parecer, no es esta una novela histórica protagonizada por el autor de Las Meninas, aunque sí se localice parcialmente en un siglo XVII revisitado desde la alucinada perspectiva del protagonista del relato, un pintor que no es Velázquez… ¿o quizás sí?

Charles Wilmot -Chaz para los amigos- es un pintor neoyorquino de gran talento desaprovechado. Hijo de Charles P. Wilmot, el exitoso paisajista de escenas bélicas, parece heredar la insatisfacción de su progenitor a la hora de afrontar las metas de su carrera. ¿Arte puro y vital o prostitución comercial? Ambos comparten la misma espiral traumática que los precipita hacia la infelicidad, el alcoholismo, las drogas y, en el caso extremo del joven Chaz, el malditismo, la locura y la desintegración de la personalidad. Y es que lo que podía haber terminado en cuento rosa de pintor feliz con bella mujer, dos hijos rubios, gracioso perro y casa en las afueras, muta tras una primera ruptura sentimental en una vida gris que se arrastra por un suburbial estudio al que acuden de vez en cuando los recuerdos de su fracaso, de sus dos exmujeres y de sus tres hijos.

Un experimento pone a Chaz en contacto con la salvinorina-A, una droga derivada de la planta que los antiguos chamanes tribales mexicanos utilizaban en sus rituales, y el efecto no puede ser más extraordinario: el pintor neoyorquino se sumerge a partir de la primera sesión en un trance alucinatorio que lo traslada al siglo XVII convertido en Diego de Silva Velázquez. Percepciones, sensaciones, sentimientos. Estados de conciencia y subconciencia se alternan en el relato, contagiando la esquizofrenia al espectador que asiste confuso a este malabarismo que amenaza con traspasar los límites de la verosimilitud narrativa. Inesperadamente, Gruber consigue que esta curiosa propuesta funcione.

Y así tenemos a Charles Wilmot hijo haciendo dudar de los límites de la locura y de la cordura al lector. ¿Es real lo que llamamos mundo real o es lo real sólo un sueño que imaginamos real? Barroco puro en un thriller situado en el Barroco:

Nadie puede verificar su vida. Basta con que te salga un bultito en el cerebro para que ya no vuelva más a ser tú y dan igual todos los documentos que existan en el mundo […]. Si tu supuesta mujer, Lulubelle, y tus cinco hijos juraran sobre una pila de Biblias que tú te llamas Elmer Gudge y eres de Texarkana, ¿tú dirías: Guau, bueno, y yo que creía ser un agente de seguros de Connectitut, pero, está bien, vale, eso es agua pasada, por favor, alcanzadme la llave inglesa para enroscar esta tubería?

En esta galería de espejos entre el pasado y el futuro, entre la realidad y la irrealidad, entre la locura y la cordura, se desarrolla una compleja trama de falsificación de cuadros que tiene como objetivo la reproducción y posterior venta de una de las obras más enigmáticas de la historia de la pintura: La Venus Alba, el correlato pintado por Velázquez como complemento a La Venus del espejo. Pero esto sólo es un pretexto más para que el malabarismo virtuoso de Gruber mantenga milagrosamente todos los boliches por el aire: las implacables garras de la Mafia, altos magnates vistiendo elegantes trajes italianos, un esbozo de romance con una donna veneciana, antiguos capitostes nazis admiradores de la pintura ajena, la casa Alba oficiando de timador timado, un hijo moribundo precisado de un costoso tratamiento en una clínica suiza, intentos de asesinato a la salida del Prado… Prometedor, ¿verdad?

¿Y cómo termina de resolverse la focalización en una novela con las características descritas? En general, el hilo narrativo se organiza en torno a la primera persona de un Chaz que se desdobla hacia temporalidades y localizaciones diferentes, transmutado en Velázquez. Pese a que el narrador se identifica con un personaje, se advierten pequeñas incoherencias de omnisciencias supuestas que podrían explicarse desde la patología psíquica del protagonista. Igualmente, estos fallos se extienden al vocabulario de los diálogos situados en el siglo XVII, aunque también pudieran soslayarse sus carencias argumentándose la prevalencia de la comunicación sobre la de la erudición. Por último, la presentación global de la novela se estructura dentro de los límites del clásico relato enmarcado. En realidad, el lector asiste a la transcripción de unos archivos mp3 en cd -hasta aquí llega la tecnología punta-, que el propio Chaz ha dejado en manos de un antiguo amigo de juventud, como señal del supuesto delito falsificador.

Sin embargo, y con todo lo referido, no sería justo concluir que el producto resultante es un mal thriller. En muchos momentos de la trama, el desquiciamiento del personaje principal actúa como nexo que dota de coherencia a la narración, convirtiendo esta en complemento ideal del fluir confuso del pensamiento de Wilmot. Por otro lado, la intriga inherente a este tipo de obras colabora con el lector para que el rizo del rizo no se haga tan grueso que no permita pasar a la siguiente página. Y esto, qué duda cabe, es un mérito que debe ser apuntado en el balance positivo del autor.

En resumen, libro recomendable si lo que se desea es pasar un agradable rato sumergido en una literatura ligera que aún no se sumerja en los lúgubres sótanos habitados por Ángeles, Demonios y similares raleas.