De la lectura como deporte de riesgo

Combates

Ednodio Quintero

Candaya, 2009.

ISBN. 978-84-937077-2-9

336 pág.

18 euros.




Prólogo de Carmen Ruiz Barrionuevo.


Alejandro Luque


El mercado del libro ha fomentado en los últimos tiempos un modelo de público un tanto infantilizado: el que afronta el ejercicio de la lectura con un talante más bien pasivo, dispuesto, cómo no, a prestar atención con las manos sobre las rodillas, y a oír sin perder detalle el cuento que tengan a bien contarle, pero quieto en su pupitre y sin pestañear siquiera. Si usted pertenece a este género de lector dócil, me temo que no puedo recomendarle los cuentos de Ednodio Quintero. Entrar en ellos le asemejará más al surfista que abandona la orilla para abrirse paso entre la espuma de las olas, o al explorador que, machete en mano, va acometiendo la espesura sin saber qué le aguarda al próximo golpe. Si me preguntan de qué van los cuentos de este escritor vacilo en responder, del mismo modo que tendría dudas si me preguntaran de qué va el mar, o cuál es el argumento de la selva.
Aunque perteneciente a generaciones y escuelas distintas, no he podido evitar leyendo estos Combates acordarme de otro gran autor venezolano, Adriano González León, pero no al más popular de País portátil, sino al de las Crónicas del rayo y de la lluvia, libro que abrió la colección Calembé de Cádiz, y que aún puede rastrearse en algunas librerías de saldo. Tanto en aquel González León como en Ednodio Quintero hay una voluntad de dar protagonismo narrativo a las fuerzas de la naturaleza, de domesticarlas de algún modo a través de un lenguaje portentoso, e incluso de asimilar al propio lenguaje como un fenómeno más.
De los cuentos de Ednodio Quintero llaman la atención, entre otras cosas, esa primera persona cuya mirada parece abarcarlo todo, pero que al mismo tiempo no vierte certezas, sino preguntas abundantes, esos “interrogantes bizarros”, como él mismo los llama. En estas historias se registran sucesos, como es lógico, pero no me atrevería a hablar de acción, pues todo parece ocurrir fuera del tiempo y, salvo excepciones, en espacios imprecisos, imposibles de identificar geográficamente, a menudo sólo localizables en alguna zona entre el sueño y la realidad, “ese parapeto que llamamos realidad”, diría él. Esa lograda, serena extrañeza es la que a mi juicio emparenta a este venezolano con la obra de sus dilectos Akutagawa o Tanizaki, escritores sombríos y majestuosos, hasta el punto que ese gran lector que es Juan Villoro llegó a decir que Quintero se le antojaba “un representante desplazado de la literatura japonesa”.
Sus personajes se desenvuelven en medio de potentísimos estímulos sensoriales y profundas emociones; si se fijan un poco, comprobarán que ninguno sale indemne. El escritor es un guerrero, un profesional que asume altos riesgos, que se juega la salud, la integridad o la vida como quería Roberto Bolaño. Pero tampoco ninguna de sus criaturas sale indemne, como es imposible pasar por la vida misma sin acabar evaluando conquistas y derrotas, recompensas y heridas de diversa consideración. También como en la vida misma, en los cuentos de Ednodio Quintero hay una llamativa vecindad entre el placer y el dolor, entre el sexo y la muerte.
Estas son sólo algunas consideraciones a vuelapluma que se me ocurre hacer al hilo de la lectura de los Combates de Ednodio Quintero, este señor de ancestros indígenas y andino de cuna, formado en las ciencias y, por suerte para todos nosotros, rendido a la avasalladora llamada de la vocación literaria, un Ingeniero Forestal con alma de poeta y pluma fértil. Pero es tan sólo, ya digo, una simple aproximación. Tendrá que ser el lector decidido el que se atreva a entrar de cabeza en estas rizadas aguas, o el que avance en estas páginas labrando su propio sendero en medio de la vorágine. Se expone a los antojos de la marea y a los peligros de lo desconocido, pero, ¿quién dijo que esto de la lectura fuera para gente ociosa y acomodaticia?

El hombre que fue alubia y se convirtió en hormiga

Nocilla Lab

Agustín Fernández Mallo

Alfaguara, 2009

ISBN: 9788420422343

187 pág.

16 €





Antonio Acedo

El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.
Debe reseñar el último libro de Agustín Fernández Mallo, el tercero de la trilogía y a su vez el que cierra el Proyecto Nocilla, tras Nocilla Dream y Nocilla Experience.
El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.
No cumplió su palabra de reseñar dos libros al mes y pretende subsanar su falta de compromiso con una buena reseña. Siente la presión y su incapacidad.

El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.
Quizá debería comenzar por hacer una pequeña introducción del autor, unas breves referencias a los dos libros anteriores de la trilogía, al éxito que obtuvo Nocilla Dream, editado en 2006 por Candaya y que supuso que parte de la crítica viera en él una renovación de la literatura española y uno de los autores de referencia de lo que se llamó Generación Nocilla, Afterpop o Mutantes.
Más tarde vendría su fichaje por Alfaguara con Nocilla Experience y la publicación en Anagrama de un ensayo en el que establecía las bases estético-literarias de esa generación. Pero todo esto le parece demasiado académico y aburrido, debe hacer algo diferente, adoptar una impostura literaria posmoderna que sorprenda. Algunos dicen que la novela del siglo XX ha muerto, él piensa que la crítica como género literario nunca nació.

El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.
Posiblemente podría hablar del argumento, de la identidad como tema principal de la novela, de la defensa de la diferencia del replicante o, como diría Cioran, “el caso clínico para luchar contra la monstruosidad de lo absoluto”, podría hablar del solapamiento de superficies que crean las fronteras estilísticas que desaparecen continuamente en la novela, para de esta manera, reflejar un ser idéntico o muy parecido al otro lado, en una continua paradoja. Ni siquiera la muerte podrá calmar este desasosiego. “La muerte esa combustión que genera dos realidades, el humo que se va y la ceniza que se queda”, Italo Calvino. Y es esto quizá Nocilla Lab, una salvación a través de la literatura en un proceso de autoficción, en el que el autor crea un alter ego para dejar de ser, para escapar.

El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.
Acaso tendría que hacer alguna anotación sobre la no estructura estructurada de la novela, sobre una primera parte sin puntos y aparte, contrapuesta al estilo fragmentario que había caracterizado la literatura de Fernández Mallo en sus libros anteriores y que se volverá a dar en la segunda parte de Nocilla Lab. También debería resaltar el brillante final del libro, un comic protagonizado por el propio autor y Vila-Matas. Un ejercicio de descaro literario en el que Fernández Mallo lleva hasta las últimas consecuencias sus preceptos estéticos. Podría hablar de todo esto pero el crítico no está convencido, no es lo suficientemente audaz, es predecible.

El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.
Decide buscar en internet información sobre la novela, encuentra varias críticas pero ninguna añade nada nuevo. Descubre un blog de crítica literaria, Estado Crítico, en el que hay una reseña sobre un libro de Agustín Fernández Mallo, pero se trata del ensayo escrito en Anagrama. En la portada de Estado Crítico ve una columna que anuncia las próximas publicaciones, y en ella aparece Nocilla Lab. Intenta acceder a ella y gracias a sus conocimientos informáticos entra como usuario del blog. La crítica la firma un tal Antonio Acedo y comienza de esta manera:
El crítico se encuentra sentado delante del ordenador y no sabe qué escribir.

Acuarela sin profundidad

El secreto del calígrafo

Rafik Schami

Salamandra, 2009

ISBN: 9788498382440

416 pág.

19,00 €

Traducción: Carlos Fortea Gil.




Ilya U. Topper

Aquí tiene usted un retrato de Damasco a la acuarela. Podría lanzar la metáfora fácil y decir que Rafik Schami (Damasco, 1946, nombre artístico de Suheil Fadel, un cristiano sirio exiliado desde 1971 en Alemania) ha caligrafiado la ciudad de su infancia. Pero la mayor parte de la novela se asemeja a una mezcla de un alegre paisaje urbano pintado por Claude Monet y un cuadro de época.

Schami, un autor prolífico y muy reconocido en Alemania (publica desde hace 30 años en alemán), ha creado una novela histórica clásica, aunque ambientada en un pasado reciente: el Damasco de los últimos años cincuenta. Como cabe esperar, la vida, los colores, aromas y hábitos de la ciudad están pintados con un trazo seguro y cercano, del mismo modo que los críos que pueblan las callejas: cristianos, musulmanes, casi siempre juntos y revueltos.

Mientras desfilan niños, adolescentes y calles, todo va bien. Pero cuando el autor se ve frente al reto de dibujar el perfil psicológico de sus personajes adultos, el trazo se le vuelve inseguro. Que me expliquen cómo una muchacha de veinte años, con educación secundaria, formada como modista y suficientemente lanzada como para ir a buscar los primeros besos y caricias a la azotea vecina, acepte de repente casarse con un hombre mucho mayor al que nunca ha visto en su vida. Sin un amago de protesta. No digo que no ocurra: ocurre hasta hoy. Pero la labor de un novelista es explicarlo, mostrar la psique de las personas, llevarnos por sus emociones hasta que las entendamos.

El fallo se repite cada vez que Schami se enfrenta a un giro inesperado: entonces se limita a describir el curso de los acontecimientos sin permitirnos a comprender la evolución de su personaje. Y a falta de esta profundidad psicológica, la trama deja de ser un torbellino que arrastra al lector sino que se asemeja más bien a un río lento en el que hay que avanzar a golpe de remo. Y no ayuda nada el que la novela se convierta, conforme avanza, en un hormiguero con centenares de personajes secundarios, a menudo limitados a breves cameos. ¿Intenta el autor reemplazar la profundidad por la amplitud?

No me entiendan mal: Rafik Schami no escribe peor que la inmensa mayoría de los novelistas cuyas obras se amontonan en las grandes superficies. Si a usted le gustan Amin Maalouf, Ken Follet o Antonio Gala, sin duda le gustará El secreto del calígrafo. Y además aprenderá mucho sobre un país y una época ―la Siria contemporánea, tan cercana a nosotros― como sobre una civilización histórica ―la árabe― y ya nunca olvidará el nombre del inmenso calígrafo y científico Ben Muqla (o Ibn Muqlah). Otra cosa es si está usted acostumbrado a alimentarse con escritores de la talla de Juan Rulfo, Gustav Meyrink o Joseph Kessel.

Una última anotación, señor Schami: permítame que le diga que me he sentido un poco estafado al terminar el libro: insiste usted en que el calígrafo quiere simplificar la escritura árabe reduciendo el alfabeto de 28 letras a 19, y se sirve de esta reforma para darle una dimensión política a su novela, pero en ningún momento me dice qué letras habría que suprimir. Usted sabe árabe, sabe que cada letra expresa un fonema claramente distinto a todos los demás, aun cuando cada habla local confunde unos cuantos de ellos (pero en Siria no se confunden los mismos que en Egipto o en Marruecos). ¿Por qué, después de 416 páginas, no me desvela el secreto del calígrafo y me dice cuál podría ser esta reforma radical del alfabeto? ¿Se atrevió usted a imaginarla?

Sin spoilers

Fin

David Monteagudo

Acantilado, 2009

ISBN: 978-84-92649-23-5

352 pág.

19 euros





Carolina León

Una llamada de teléfono y una invitación. Del pasado llega una propuesta para celebrar los veinticinco años de cierto “evento”, entre viejos conocidos que formaban una pandilla de amigos. No hay datos ni detalles ajenos a la escena, no interfiere la voz narradora en nada que no se produzca -ficción mediante- en la superficie de la situación. Ni psicología ni penetración metafísica, por más que nos apeteciera entender desde el interior qué tipo de inquietud ha asaltado a ese personaje que atiende a una voz desconocida al otro lado del hilo, que se comporta extraño, revuelto, que discute de pronto con su mujer a cuenta de la inoportuna llamada.

La reunión se fija en alguna noche veraniega de luna nueva, en la que nueve personajes se reencuentran en el mismo lugar en que vivieron aquella otra noche “mágica”, un refugio de montaña. Los personajes, prácticamente desconocidos entre ellos, intentan en vano generar cierta naturalidad, tratarse como los colegas de la pandilla que fueron. Desde muy prontito asistimos al rebrote de extraños rencores, y al peso sobre las conciencias de un “secreto” o cosa semi oculta que escuece más o menos a todos por igual. En el momento en que empiezan a crecer las tensiones, algo sucede.

Y hasta aquí podemos leer.

Porque, consciente o inconscientemente, en el desarrollo de esta novela (toda ella “trama” o toda ella “evento”), uno no puede evitar pensar en su parecido con una serie televisiva. Con una de estas series inteligentes y bien armadas, en las que los acontecimientos se arrastran uno a otro y el espectador queda enganchado desde el episodio piloto (aquí, a lo mejor, esa llamada de teléfono que ya contiene las claves de mucho de lo que va a contarse después). Por ello, porque el argumento es de tanto peso en Fin, no podemos contar mucho más.

Pero sí podemos contar cómo se pasa.

Se pasa bien, exageradamente bien. Con ese arranque, vamos asistiendo a un desarrollo tan minucioso como inquietante, tan hecho de aristas como de misterios. No es que se escamotee la información: es que el lector está sometido, obligado a mantenerse en un puesto de vigilante, sin una situación espacial definida pero eso sí, sin capacidad de acción ni intervención. Todo lo que nos es dado hacer, es dejarnos guiar por una voz narradora precisa, externa, carente de implicación. Y, con ella, mirar, escrutar, tratar de interpretar los gestos, las pocas pistas, las entonaciones de los personajes, registradas prácticamente sin comentario.

Eso construye esta novela. Eso la hace especial y consigue envolver al lector como en una de las más inquietantes ficciones de los últimos tiempos (el eco de Perdidos es constante, pero lejano). Fiel y despiadado, el narrador no se involucrará jamás, y no va a darnos más información que la que registraría una cámara de seguridad. Lo intento una vez más: es como si la narración fuese la descripción de grabaciones por parte de un vigilante sin mucha imaginación.

Es posible que ese sea el principal (o quizá único) defecto del libro. La prosa-grabación es a veces poco original, o cae en fórmulas gastadas. No se permite metáforas y dislocaciones que suelen hacer más grata cualquier lectura. Es registro correcto y hasta elegante. Todo lo más “personal” del entramado gramático está en las conversaciones: abundancia, bastante bien cosida, de diálogos entre los personajes. Pero, al mismo tiempo, es una narración cuyo ritmo, cuya capacidad de atrapar ¡no decae prácticamente en ninguna página! Es la tradición de la mejor narrativa clásica y es, a la vez, la mejor narrativa televisiva. Y es una novela impecable.

Están, además, docenas de temas interiores, latentes. Se nos van a contar muchas cosas en su desarrollo, pero es sobre todo una novela sobre la pequeñez y la estrechez mental del hombre/la mujer actual. Una novela sobre “el miedo”. El regusto final es un tanto agridulce, pero si desentraño más estropeo la fiesta. Así que lo dejaremos aquí: el primer trabajo de un recién llegado a la literatura (o eso se dice del autor en la solapa del libro) es un magnífico artefacto narrativo que no pretende una revolución estética, aunque sí puede revolucionarte un suculento fin de semana.

Recobrando la fe en la poesía

Biblia de Pobres ("Biblia Pauperum")
Juan Manuel Roca

Visor, 2009.

ISBN: 978-84-9895-729-7

82 páginas

10 euros

IX Premio Casa de América de Poesía Americana

Juan Carlos Sierra
Como en un libro de poemas desvelar sus últimas líneas no traiciona normalmente la curiosidad o las expectativas del lector y no suele restarle eficacia a su trama narrativa –en caso de que la tenga-, creo que no cometo ninguna fechoría literaria si apunto a continuación, para empezar esta reseña, los versos finales de Biblia de Pobres (“Biblia Pauperum”), el último libro del poeta colombiano Juan Manuel Roca. Dicen así: “Entre las rectilíneas carrileras del poema/ Hay un tesoro a punto de ser encontrado,/ Un milagro a punto de ocurrir./ En este poema regresan al país los desterrados”.
Si comienzo por el final, no es por un prurito de snobismo u originalidad, sino porque quizá en estas líneas se encuentra resumido el espíritu del resto de versos que compone esta Biblia de Pobres. Por un lado, cada uno de los poemas es un milagro en sí, un tesoro literario, un hallazgo lírico poco frecuente en la poesía contemporánea en lengua española, sobre todo si miramos dentro de las fronteras de la metrópoli. Por otra, en esta colección de poemas, siguiendo la tradición medieval de la ‘biblia pauperum’ –“grabados xilográficos anteriores a la imprenta, realizados con el fin de que circularan entre la gente desposeída”, según se explica en la contraportada del libro-, Juan Manuel Roca se afana en dar voz a los desterrados, a los desposeídos, a los parias de la sociedad, especialmente la colombiana, que naufraga en una nada alentadora abundancia de injusticias de la más diversa calaña. Y entre esos parias, en un plano más íntimo, el personaje poético, en una inercia solidaria que arranca al poeta de su torre de marfil para sumarlo literal y literariamente a la masa de los que no las tienen todas consigo.
En cualquier caso, el valor primordial de la literatura desplegada por Juan Manuel Roca en Biblia de Pobres no se halla en este último asunto, ya que de todos es conocido el escaso rendimiento poético que en manos más torpes o inexpertas suele sacarse de un material de este calibre, independientemente de la geografía en la que se hallen enraizadas las desigualdades. Lo sorprendente de este libro reside en la versatilidad y maestría con que se maneja Juan Manuel Roca con el lenguaje poético.
Lo deslumbrante y lo milagroso en los poemas de Biblia de Pobres se consigue fundamentalmente a través de un uso audaz y tremendamente productivo de la metáfora más pura, pero sobre todo de los recursos metonímicos, particularmente la sinécdoque. A esto hay que sumar el juego que permite la dilogía, el cruce de planos –realidad y ficción o imaginería, lo íntimo y la calle, lo privado y lo público,…- y la ironía. Para muestra, el botón que ofrece el poema ‘Retrato del autista adolescente’.
Este esfuerzo por exprimir las posibilidades del lenguaje se alimenta además de la capacidad del poeta colombiano para acertar en la creación de vocablos tejidos a la medida del poema –recordemos que en poesía cada palabra es decisiva- o para retorcerle el cuello a la sintaxis cuando la lengua común no es capaz de cubrir sus necesidades expresivas.
Un festín poético, una despliegue orgiástico-lírico, en definitiva, que contribuye a recobrar la fe en la palabra poética más auténtica.

Por la senda de Kipling

La bailarina y el inglés

Emilio Calderón

Planeta, 2009.

ISBN. 978-84-08-08924-7

312 pág.

21 euros.



Alejandro Luque


Concebir una novela a la antigua usanza, de esas en las que suceden cosas; y ambientarla nada menos que en la India, en el periodo colonial inmediatamente anterior a su emancipación del Imperio británico, es una verdadera temeridad para cualquier escritor que no tenga la suerte de llamarse Rudyard Kipling. El finalista del premio Planeta 2009, Emilio Calderón, ha querido asumir este desafío y sale airoso de él con La bailarina y el inglés, una ambiciosa novela que bien podría leerse como un implícito homenaje al autor de Kim y El libro de la selva.

De entrada, con La bailarina y el inglés cabe hablar de dos novelas en un solo volumen: una primera mitad que transporta al lector a ese mundo exótico de elefantes y marajás, a modo de fresco de época generoso en datos fidedignos y bien documentados detalles, y una segunda donde la acción se dinamiza hasta entrar de lleno en los predios del thriller.

El inglés del título es el superintendente Masters, policía accidental y amante de las citas sentenciosas, nacido en la India de padres británicos –como el propio Kipling, que vino al mundo en Bombay-, obsesionado hasta la idealización con el hecho de no haber pisado nunca Inglaterra, y con ese complejo de desarraigo que Pérez Domínguez llamaría precisamente el síndrome de Mowgli.

La bailarina, cuya presencia en las primeras 150 páginas de la novela es casi testimonial, recibe el nombre de Lalita Kadori. Se trata de una devadasi, casada con un dios siendo muy niña y prostituida por los sacerdotes hindúes y miembros de las castas altas, cuya posición le permite no obstante acceder a los libros y, con ellos, a un sentido crítico muy avanzado para su época. El contexto en el que ambos personajes se encontrarán es de enormes tensiones sociales, un país que asemeja una gigantesca olla a presión entre la feroz represión británica y los movimientos a favor de la no violencia capitaneados por el Mahatma Gandhi, y a cuyos graves conflictos internos vienen a sumarse las tentaciones invasoras de las tropas japonesas.

Probablemente, uno de los grandes aciertos del libro es su huida de los cauces narrativos lineales y la apuesta por la hibridación de géneros, lo que permite al escritor malagueño demostrar su raza de contador de cuentos. Así, el hilo argumental de la novela se va desenrollando salpicado de abundantes digresiones, entre las que cabe todo, desde las anécdotas históricas a los guiños intertextuales o las fábulas morales.

Y cuando ya la narración discurre con fuerza por ese cauce, el robo de unas joyas y el misterioso asesinato del cazador Lewis Wilson, amigo de Masters, corregirá su curso hacia una intrincada trama política. Todo ello hará que esta novela complazca por igual a los seguidores habituales de un Jorge Bucay y a los amantes de la intriga a lo Conan Doyle, así como a aquellos que busquen una lectura algo más robusta, por ejemplo un E. M. Forster, al que por cierto se cita en varias ocasiones.

Pocos reproches pueden hacerse a la prosa limpia y eficaz de Calderón, aunque alguno siempre cabe: la circunstancia de que todos los personajes, indios o ingleses, se avengan al mismo tono de voz uniforme, excesivamente homogéneo, resta cierto relieve al conjunto; por otro lado, la ingente información que maneja el autor no siempre se muestra del todo disuelta en el caldo de la historia, como es preceptivo en la cocina de la narrativa de corte histórico. Claro que si estos matices fueran tan asequibles, apenas tendría mérito llamarse Rudyard Kipling.

[Publicado en la revista Mercurio]

El escritorio penitenciario

Kafka y el holocausto

Álvaro de la Rica

Editorial Trotta, 2009

ISBN: 978-84-9879-04

142 páginas

13 euros




Javier Mije


La existencia es injusta y sus atributos están desigualmente repartidos. Si en cada cabeza humana se encuentra la catástrofe humana que corresponde a esa cabeza, si como escribió el lúcido Bernhard tocamos a calamidad por barba, y esta mañana se levanta usted el cráneo y no halla más que una ligera migraña es sin duda por un desajuste estadístico del tipo avícola –esto es, si usted se ha comido dos pollos y yo ninguno en el recuento resulta que nos hemos zampado uno cada uno-. Pues bien, si su cabeza está desprovista de desastres (pero no lo creo), si como dice un horripilante anuncio, no hay en ella más que mujeres y caspa es porque, en lo referente a las catástrofes, Kafka se comió la granja. De todas ellas una de las más frecuentada por la crítica es la que resulta del conflicto entre la literatura y la vida. No podía ni quería vivir sin mujeres. Es abrumador el tiempo que empleó en conquistarlas, marearlas y abandonarlas. Confió en el matrimonio como única tabla de salvación para su complicadísima situación familiar. Pero en su torturada percepción ese compromiso era incompatible con la escritura. Escribir equivalía a morir, casarse con Felice, Dora o Milena era abrazar la vida. Kafka eligió morir: “si no escribiera yacería en el suelo, digno de ser barrido”, afirmó en carta a Felice poco antes de concebir al personaje que corrió esa misma suerte al metamorfosearse en insecto. Para Canetti, “el hecho concreto de no poder vivir la vida y escribir a un tiempo, esa imposibilidad, le degrada y es la que se expresa a través de la imagen del escarabajo”. La reducción de su horizonte vital a la escritura lo convierte en culpable. No es extraño que el reo de En la colonia penitenciaria sufra el tormento de una máquina que escribe sobre el condenado hasta matarlo. Kafka estaba hablando de la escritura que mata. Tenía 40 años cuando la tuberculosis lo fulminó. Resuelta la catástrofe humana correspondiente a esa privilegiada cabeza se inició la leyenda kafkiana.
Kafka y el holocausto es un interesante, elaborado y comprometido ensayo. Un libro de libros, como señala Álvaro de la Rica, compuesto con los descubrimientos de otros autores y por sus propias contribuciones al torbellino de la interpretación de la obra del escritor de Praga. Kundera acuñó el término kafkología para referirse a la hermenéutica kafkiana. Kafkología quijotesca, añadiría yo, si aceptamos que la grandeza de obras como Ante la ley, El castillo o El proceso deriva parcialmente de su ininteligibilidad. Kafka es sobre todo un estilo narrativo. De la Rica analiza su técnica en los siguientes términos: en un contexto cargado de elementos increíbles contrasta la visibilidad de las imágenes, la claridad del estilo, con la imposibilidad de comprensión. Si la alegoría establece un paralelismo entre un sistema de imágenes y unos pensamientos abstractos, Kafka supera lo alegórico: “la alegoría dice una cosa por medio de algo distinto, descontando que ese algo distinto no tiene la mayor importancia en sí. En la obra de Kafka, en cambio, lo que tiene importancia y valor son las imágenes concretas”. Uno de los rasgos de lo kafkiano resultaría de que esa visión no es la traducción de nada. No remite a nada. Otro es su carácter profético, no tanto porque anticipara o convocara mediante su mención los demonios del totalitarismo, sino en el sentido de que su obra desvela lo oculto. Para Hannah Arendt las narraciones de Kafka retratan los abusos de un poder omnímodo en contra del individuo. “La maldad de ese mundo es su arrogante pretensión de ser una necesidad divina. Kafka se propone destruir ese mundo reflejando con brutal claridad su horrible estructura”. Estas tenebrosas instancias del poder atemorizan al hombre, y son para la filósofa alemana la protesta de Kafka al legalismo judío: la presión de la Ley, el sentimiento de culpa y la denuncia de una sociedad que se convierte en representante de Dios en la tierra.
Es precisamente cuando el ensayista expone sus ideas religiosas, para iluminar con la obra de Kafka algunos preceptos católicos, cuando a este reseñador le resulta difícil seguir manteniendo un diálogo fructífero con su texto. No entiendo por qué “el matrimonio es el único modo real en el que el hombre y la mujer, al unirse, cuerpo y alma mutuamente entregados, transmiten la vida”. Ni puedo estar de acuerdo con el aserto bíblico “según el cual el temor de Dios es el principio de la sabiduría”. Tampoco, si recuerdo el rostro de Rouco Varela o el comportamiento de la Iglesia Católica -con sus muy honrosas excepciones- durante nuestra Guerra Civil, puedo aceptar sin más que “nunca ha resultado fácil encontrar sacerdotes que defiendan abiertamente la mentira y el orden de lo necesario”. No estoy seguro de que convengan estas afirmaciones dogmáticas a un libro de Literatura Comparada que, por lo demás, he leído con gusto y provecho.